Es la media noche de un sábado cualquiera y sin imaginarlo las ínfulas fiesteras nos han llevado al populoso distrito de Comas, específicamente al Boulevard del Retablo. Las luces de los anuncios, las marquesinas y reflectores de las discotecas que dictan “PK2”, “Ghost”, “Retablo Park”, entre otros nos dan la bienvenida.
Pero más hacia las entrañas de la avenida principal existe un local que se distingue de los demás, pues el cordial saludo de entrada es ofrecido por dos exuberantes bailarinas que danzan encerradas en jaulas elevadas como dos aves canoras. Aquella es la discoteca más conocida y concurrida del pujante Comas. La discoteca Kápital.
Es confeso, llegar a un lugar nuevo conlleva a una serie de prejuicios, pero de alguna manera estos se fueron disipando con el transcurrir de la noche. Un fornido vigilante en la entrada realiza el registro de rigor a los visitantes, puesto que el local debe guardar el prestigio que atrae no solo a los pobladores de la periferia limeña sino también a turistas extranjeros. Fuera de lo que se pudiese pensar, las zonas aledañas son en suma tranquilas, pero sin dejar de ser bulliciosas y atractivas para los amantes de la noche.
Ya en los interiores de la discoteca los nuevos inquilinos caen en cuenta de que El Kápital nada tiene que envidiarle a los pubs y locales del boulevard de Barranco o La Calle de las Pizzas en Miraflores. El ambiente es embriagante incluso para los más retraídos, aunque de esos no hay muchos aquí; este es un lugar de reunión
para los amigos alegrones y para los galanes de barrio que pagan gustosos su entrada para tentar suerte entre baile y baile.
Hablamos de música y siendo ello un 'tono' se debe escuchar el género de moda; en otras palabras, no falta el estridente reggaeton. Las parejas jóvenes juguetean en la pista de baile susurrándose al oído los temas de esos poetas populares llamados Don Omar y Daddy Yankee, mientras tratan de seducirse mutuamente contorneando sus figuras. Pero esta es una discoteca para todos los gustos y el rock de viejas glorias como Los Prisioneros también se deja escuchar, e incluso las baladas más melosas son convertidas en las canciones más eléctricas.
Con el correr de los discos, y con la madrugada entrando en calor, el animador toma el micrófono e incentiva las risas de los presentes con sus bromas e imitaciones. Su misión es que la gente entre en ambiente, aunque no siempre lo logra. Entre canciones ingresa a escena el administrador del local. El hombre, que parece sacado de una película de motociclistas de bajo presupuesto -con su casaca de cuero, la calva reluciente y el mostacho poblado- se cuadra detrás del animador dándole nuevas ideas para congeniar con su público. "Haber, que suban al estrado cinco papás que estén papacitos y quieran ganar una jarra de cerveza", se anuncia por los parlantes de las tres plantas con las que cuenta El Kápital.
El ingreso a la planta baja o sótano cuesta dos soles y está plagada por los mototaxistas, choferes, cobradores y carteristas de la zona y sus mujeres que pifian cuando les cambian el reggaetón -o salsa cubana- por pop, rock o trance. La segunda planta no tiene un precio especial, pero los jóvenes que no se sienten parte del mundillo del sótano suben por las escaleras tapizadas y se divierten en lo que diríamos es la 'clase media’. Esta separación no está escrita en ninguna regla del lugar, pero funciona como una ley tácita que permite que todos disfruten dentro de un espacio cómodo. Y si existe la 'clase media’ no podía faltar la 'clase VIP'.
El ingreso a estar tercera planta VIP cuesta quince soles; y los beneficios son una jarra de cerveza más dos guardias de seguridad que impiden los desmanes y el ingreso, por las escaleras metálicas superiores, a cualquiera que no porte el sticker blanco y dorado que acredita al usuario como Very Important People. Una barra en el centro, mesas y muebles, baños limpios, meseras poco agraciadas y mayor espacio para bailar completan los créditos ganados por los quince soles cancelados. Los de 'arriba’ son los únicos que pueden deambular por toda la discoteca a sus anchas pero aquí todos respetan sus lugares de pertenencia.
"Sigan disfrutando de la discoteca Kápital", grita el animador mientras se encienden las luces psicodélicas que según el mismo locutor (y lo que anuncian los volantes de publicidad en la entrada) han sido traídas exclusivamente de Europa. "Y para los que tienen calor
tenemos dos ventiladores gigantes, también traídos desde Europa", continua gritando, al tiempo que un fuerte ventarrón envuelve la sala desde el techo hasta escurrirse entre las faldas reggaetoneras del primer piso.
Según información oficial de la discoteca los espacios del Kápital tienen capacidad para albergar a 5 000 personas como máximo, pero una madrugada de domingo podemos quedar ensordecidos por el rugir de las 10 000 personas que ocupan solo la primera planta. Cuando la noche entra en clímax se ve a las exuberantes bailarinas de la puerta ingresar a la discoteca para deleitar las libidinosas miradas de los hombres presentes. Los silbidos seductores son inevitables. Estas aves canoras suben a sus nuevas jaulas ubicadas en el segundo piso para continúar con sus eróticos movimientos.
"Deben haber unas 15 000 puntas", me cuenta un lugareño, mientras se toma una cerveza. Y es que aquí no se le cierran las puertas a nadie; claro, siempre y cuando pueda cancelar su entrada. No interesa demasiado que se triplique la capacidad máxima del local o que las medidas de seguridad contra siniestros no sean las mejores. "La vida es corta y hay que disfrutarla", parece ser la premisa a seguir en la cuadra 15 de la avenida Universitaria. La cerveza diluida en agua hace extensa la alucinógena diversión que ofrece el espacial más conocido del Boulevard.
La madrugada se hace más y más caliente mientras que los asistentes, totalmente de desinhibidos, necesitan cada vez menos al animador. Así este maestro de ceremonias se retira momentáneamente, seguro a disfrutar del baile y el alcohol. En el ala superior también se retiran las exhaustas bailarinas tras una faena que les costó más de un 'apapacho' proveniente de los borrachos más avezados, pero siempre los fulgores varoniles fueron aplacados por los gigantescos guardias de seguridad, varios de ellos novios oficiales de las aves canoras del Kapital.
Los lugares dejados por las danzantes en los balcones son ocupados por mujeres descontroladas por el licor que desean demostrar su cualidades para, si el administrador lo autoriza, ganarse una jarra de sangría por el esfuerzo. Y no solo son ellas, algunos santos varones, también entrados en copas, realizan gráciles coreografías de las que probablemente se avergonzarían si estuvieran sobrios. La planta baja está que no cabe un alma mientras la segunda planta comienza a recibir más gente. La zona VIP por el contrario se ve cada vez más vacía.
Sin darnos cuenta ya son casi las 5 de la mañana, es hora de despedirse de la noche y del bochorno de la discoteca. Bajamos por las escaleras húmedas mientras vemos algunas parejas intentando inmiscuirse en la penumbra para propinarse los besos más profundos y los toqueteos más osados. "Te apuesto que se acaban de conocer, es choque y fuga nomás", comenta un amigo que hizo las veces de guía turístico. Mientras cruzamos la puerta de salida se vuelve a escuchar la voz del animador diciendo "sigan disfrutando de la discoteca Kápital", entonces me pregunto ¿cuántas veces más volverá a escena el agotado anfitrión?
"La vida es corta y hay que disfrutarla”, me responde la noche.
Fotografías: Kapital Megadisco
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