El descenso en bicicleta más increíble de Bolivia ( y probablemente de Sudamérica) corta como un cuchillo el corazón del Altiplano.
Al comienzo: sierras desnudas, falta de oxígeno y forrado como un esquimal. Al final: vegetación exuberante, humedad total y ropa de verano. 6 horas de bajada vertiginosa sobre una bicicleta que harían parecer un juego de niños a la más moderna de las montañas rusas. De la más alta de las punas al corazón de la selva boliviana. Y la gravedad hace todo el trabajo.
La experiencia comienza en La Paz. La céntrica calle Sagarnaga es donde se encuentran todas las agencias de viajes que ofrecen esta aventura. “La ruta de la muerte”, anuncian tratando de amedrentar a los turistas, pero lo único que consiguen es atraer a más. Pero ese nombre no es gratuito: desde que se iniciaron los descensos, cerca de una decena de ciclistas le han hecho honor al nombre.
La primera etapa de la aventura es sobre cuatro ruedas. Una combi nos recoge del hotel, con las bicicletas en el techo del vehículo. Dentro de ella, estadounidenses, europeos, y hasta iraquíes. Tras una hora de viaje, nos encontramos en un lugar llamado La Cumbre, a 4700msnm. El soroche asoma lentamente, por lo que ajustamos nuestros cascos y dejamos que la ley de Newton intervenga.
Las primeras dos horas son espectaculares. El asfalto nos permite alcanzar velocidades cercanas a los 90Km/h, lo que en un auto no es mucho pero sobre una bicicleta es bastante. El viento helado es despiadado, pero la adrenalina es más fuerte que todo. Rebasamos pesados camiones como si fueran postes, mientras las montañas empiezan a vestirse tímidamente.
De repente, nos desviamos por un pequeño camino afirmado, y se acabó el asfalto. A partir de ahora respiraremos polvo, y la velocidad máxima se reducirá drásticamente. En tierra, podemos derrapar, y los abismos son demasiado profundos para segundas oportunidades. Ahora la concentración debe ser total, pues un pequeño error puede costarnos muy caro.
Llegamos a un mirador llamado Unduavi, y divisamos lo que nos espera: entre montañas cubiertas de verde espesura, descansa una delgada serpiente amarilla, que recorre las quebradas hasta convertirse en un hilo que finalmente desaparece. Es el camino a Coroico, nuestro destino final, puerta de acceso a las selvas bolivianas.

A partir de aquí las precauciones deben ser “exageradas”. Enormes camiones surcan esta ruta, donde el ancho apenas alcanza para que logren pasar. Los innumerables meandros del camino crean curvas ciegas que no permiten divisar los camiones hasta el último instante posible. Y aunque vayas sobre una bicicleta, el camión y tú no pasan a la misma vez.

Para evitar accidentes se ha creado un curioso sistema de “semáforos”. En las curvas anchas existen pequeñas chozas donde durante el día trabajan hombres, mujeres o niños, que portan una especie de raqueta gigante, roja por un lado y verde por el otro, e indican a los chóferes cuando pueden pasar y cuando deben esperar el paso de otro camión.
Tras casi 4 horas de descenso sobre tierra, el calor es brutal, y el 80% de nuestras ropas está ahora en la combi que nos sigue fielmente tras nuestra nube de polvo. Las manos duelen mucho, así como el trasero, pero como se dijo antes, la adrenalina es más fuerte que todo. Finalmente, llegamos a Yolosa, a 1200msnm.
Allí subimos nuevamente a la combi, que nos lleva a Coroico, en subida y a aproximadamente media hora de allí. De entre los árboles empiezan a aparecer hoteles y viviendas de una arquitectura increíble, conformando una visión surrealista. Nunca se imagina uno que en medio de toda esa espesura pueda haber todas las comodidades.
Llegamos a un hotel de propietarios alemanes, lleno de turistas europeos. En un jardín con la vista más increíble nos espera la piscina, y en el comedor un buffet maravilloso. Coroico está enclavado en las montañas, en una geografía similar a la de nuestra selva alta. Tras dos horas allí, no es difícil comprender por qué muchos europeos han decidido asentarse aquí y olvidarse del mundo.
Por la noche volvemos a La Paz, destruidos nuestros cuerpos pero enriquecidas nuestras mentes. Las sonrisas parecen tatuadas en nuestros rostros. Los recuerdos de esta aventura no se irán jamás, pero afortunadamente, el dolor en el trasero sí lo hará.
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