En octubre del 2000, 14 familias shipibas llegaron a Lima invitadas para una feria artesanal.No volvieron a su tierra y hoy viven de la artesanía en el mercado Cantagallo – convertido en su nuevo hogar - con la esperanza de salir de la exclusión que implicaba vivir en la selva.

Cuando llegamos vimos todo muy distinto: allá uno salía y se iba a pescar y veía la naturaleza. Acá despiertas en la mañana y ves los carros, el humo, los cerros con casas; no hay bosques, no hay ríos, no hay cochas, nada. Eso deprimía a las familias”, cuenta Juan Canayo, uno de los artesanos de Cantagallo, mientras recuerda el miedo de los primeros días de haber llegado de su tierra natal, el pueblito de Preferida, a 8 horas en canoa desde Ucayali.
Gente que mantiene viva muchas de sus tradiciones. Todos hablan shipibo, pues las madres – de las cuales, se pueden ver vistiendo a la usanza típica caminando por las calles - les enseñan a las nuevas generaciones. Sin embargo sienten la discriminación de la gente de Lima. “A veces nos insultan o nos miran raro. Nosotros nos sabemos por qué nos dicen boas o charapas, charapa es un animal y nosotros no significamos eso”, me dice Adelina, quien sale a vender sus artesanías ambulantemente en las calles. Ella es de Amakiría.
Dentro de un panorama de pobreza que nos haría pensar que son refugiados de guerra, ellos producen sus artesanías, que son bien o mal pagadas dependiendo del comprador. “Los extranjeros pagan más”.
“Preferimos quedarnos en Lima porque las artesanías se vendían más rápido y acá el nivel de educación es muy superior, nos quedamos también por nuestros hijos”. Luz une cuenta por cuenta para formar un collar de semillas en este cuarto de 4x5 en el que viven 10 personas. No les importa vivir en tal nivel de hacinamiento con tal de estar en Lima.
Sus hijos estudian en el colegio, sienten que con este nivel de estudio ellos podrán lograr algo mejor. Lima ha recibido con su crudeza a este grupo humano que ha tenido que cambiar su modo de vida y aceptar que no todo el mundo es como allá, que hay lugares en los que la vida significa tener monedas y billetes en tus manos porque “acá si no tienes plata no comes”.
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